Por Leandro Tuntisi
“Italia es como un sueño que siempre vuelve.”
Anna Ajmátova
Así como Martin Scorsese en su filme documental Il mio viaggio in Italia (1999) -un emotivo diario íntimo cinéfilo- hace un recuento de las películas italianas que marcaron su vida -“De no haber visto aquellas películas yo sería una persona diferente”- películas que veía en su Nueva York natal los viernes en la TV con amigos y parientes sicilianos que miraban esos filmes extasiados (era -diría- una forma de mirar el país que habían dejado atrás), yo también podría hacer una memoria de aquellos filmes que vi a lo largo de mi vida.
Podría comenzar seguramente con aquellos western spaghetti que había visto en mi infancia, en el viejo Ópera de mi ciudad natal (una enumeración sería fatigosa y absurda, nunca preferible al azar de la memoria emotiva): La trilogía del dólar, de Sergio Leone: Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari); Por unos dólares más (Per qualche dollaro in più); Lo bueno, lo malo y lo feo (Il buono, il cattivo, il brutto) -todas de mediados de los 60, con el duro de Clint Eastwood (más tarde vendría C’era una volta il West, con la bella Claudia Cardinale y Charles Bronson) y aquella memorable banda sonora de Ennio Morricone-; por la misma época vendrían las de Ringo, -la famosa Un dólar marcado (Un dollaro bucato), con Giuliano Gemma-, y más tarde, en los 70, en tardes de continuado en el Cine Argentino, las taquilleras de Trinity, con Terence Hill y Bud Spencer (que en realidad eran gringos de apellidos bien gringos -me refiero a lo que aquí llamamos “gringos”).
Por esos años, recuerdo haber visto en la tele -aquella tele en blanco y negro que deparaba extrañas e inolvidables sorpresas- una extraña y singular película, que se convertiría en un filme de culto, Il Sorpasso (Dino Risi, 1962), donde un alocado Vittorio Gassman conduce su convertible una tarde de verano -“En una Roma desierta de un Ferragosto cualquiera”- llevando de acompañante a un joven estudiante interpretado por Jean Louis Trintignant…
Después vendrían aquellas comedias que hacían reír a la platea, como la taquillera Matrimonio a la italiana (V. de Sica, 1964), con Sophia Loren y Marcello Mastroianni, o las de Mario Monicelli (La Armada Brancaleone, Los desconocidos de siempre) pero que solían tener también su trasfondo amargo, como Pan y chocolate (F. Brusati, 1974), con Nino Manfredi, la historia de un inmigrante siciliano en Suiza.
Más tarde, tuve oportunidad de asistir a unas funciones del grupo Tiempo de Cine, que se llevaban a cabo en el Teatro Verdi, con mi grupo de amigos y compañeros de Transparencia, nuestra revista de resistencia, allá por los tempranos 80, donde se proyectaban clásicos de Fellini como La dolce vita, Amarcord o La Strada (esta última se proyectó en la Sala Vigor).
Ya a mediados de los 80, en una de aquellas decadentes salas de Rosario -no recuerdo si era Arteón- vi aquella singular obra titulada Feos, sucios y malos (Brutti, sporchi e cattivi, Ettore Scola, 1976), con Nino Manfredi; una serie de enredos de un viejo padre de familia (acaso como una especie de “dirty old man” de aquellos relatos de Bukowski) en un asentamiento en las afueras de Roma; desde algún ángulo, la majestuosa cúpula de San Pietro aparece frecuentemente a lo largo del filme, como queriendo marcar un contraste, irónico, con las desventuras del viejo y su numerosa prole.
Por aquellos años se veían aquella clase de filmes en los cines, decadentes de las grandes urbes… Ya había pasado el tiempo de esplendor y daban pelea aún. Por esos días de bohemia errabunda, vi otro extraño filme de culto, en uno de esos cines de Rosario que quedaron en la memoria de la gente. Esa película se llamaba Ordinaria locura, y era obra de Marco Ferreri, autor de la bizarra La gran comilona. El guión de Ordinaria locura estaba basado en una historia de Bukowski, el poeta norteamericano del “realismo sucio”, con Ben Gazzara en el rol del poeta vagabundo y melancólico que se encontrará con una mujer (la bella Ornella Muti) que no lo dejará, por cierto, indiferente…
No nos dejaron indiferentes, por cierto, aquellas películas, como la inquietante Il conformista, de Bernardo Bertolucci, Los inútiles (I vitelloni) o El jeque blanco (Lo sceicco bianco) de Fellini, con un Alberto Sordi genial; o más acá, aquella memorable Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, un homenaje al séptimo arte.
La bella metáfora de la nostalgia, pareció brindarla un realizador ruso, Andrei Tarkovski, en su filme titulado precisamente Nostalgia (1983), rodado en Italia, exiliado de la URSS por la sofocante persecución de la burocracia soviética.
Escenas cubiertas de bruma, en un semitono, dan a la película ese carácter de melancolía entre los paisajes y los monumentos de la bella Italia, como en un sueño, como en ese “sueño que siempre vuelve”, como diría su compatriota, la poeta Anna Ajmátova: “Italia es como un sueño que siempre vuelve”.
“La senda del corazón está cubierta de sombras”, dice Doménico, el loco, el profeta del pueblo, interpretado por Erland Josephson (el Nietzsche de Más allá del bien y del mal –Liliana Cavani, 1983) en la dramática escena sobre la estatua ecuestre de Marco Aurelio, el emperador filósofo.
Hasta el sábado que viene...












