Por Leandro Tuntisi

Un dadaísta suelto en Roma

Cinéfilos ambos, habíamos visto con mi amigo F. el controversial filme Calígula, de Tinto Brass, en la cresta de la ola del escándalo, allá hacia comienzos de los 80, poco después de su escandaloso estreno en Roma.

El video donde habíamos conseguido la copia -uno de los primeros, sino el primero, de Venado- contaba con perlas muy difíciles de conseguir, como El Gato Fritz o Soylent Green (“Cuando el destino nos alcance”), fábula distópica sobre el destino de una humanidad superpoblada, con el legendario actor hollywoodense Charlton Heston.

“Calígula” alcanzaría el estatus de filme de culto, pero en su momento las críticas habían sido desfavorables y hasta lapidarias; fue tildado de “farsa” y de “basura” y la cinta sería prohibida y censurada en distintos países; no menos escandaloso sería su rodaje, con peleas entre el autor -Gore Vidal-, el director, el italiano Tinto Brass y el productor Bob Guccione, el director de la afamada revista Penthouse.

Contaba con un reparto multiestelar entre los que se contaban Malcolm McDowell -el célebre protagonista de la Naranja Mecánica, que habíamos visto en el Cine Verdi sin cortes, tras la apertura democrática del gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, luego de una larga década de censura- como el mismísimo Calígula; Peter O’Toole, como el depravado emperador Tiberio (tío abuelo de Calígula); Helen Mirren, como Cesonia, la cortesana que desposaría Gaio Julio César Augusto, o sea Calígula, entre otros… Había escenas de altísimo voltaje sexual, de orgías y desenfreno, Guccione quería que fuese algo así como un sexploitation triple X…

En todo caso, la película trata de atenerse al rigor histórico de lo que fue el reinado de Calígula, a juzgar por la pintura que hace de él en su Storia di Roma, el historiador y giornalista italiano Indro Montanelli, la cual trato de resumir siendo fiel al texto (la versión al castellano me pertenece, por cierto): “Su rápida transformación -dice- no es explicable más que con la hipótesis de alguna enfermedad que le convulsionaba el cerebro: un típico caso de esquizofrenia, o disociación de la personalidad. Comenzó por tener crisis nocturnas de terror y a pedir ayuda a los gritos en palacio… Pensó de introducir, enamorado de la civilización egipcia, el culto de Isis, tomando como esposas y amantes, dice la leyenda, a sus propias hermanas… Pretendía que los senadores le besasen los pies y que se batiesen a duelo en el circo con los gladiadores y que eligiesen a su caballo Incitatus como cónsul, al que le hizo construir un establo de mármol y un pesebre de marfil (…) Puede ser -prosigue Montanelli- que a (los historiadores) Dion Cassio y Suetonio, en su odio a la monarquía, se les haya ido un poco la mano; pero demente, Calígula debió serlo ciertamente. Un buen día se despertó con fobia a los calvos, y los hizo dar en pasto a las fieras del circo; poco después, hizo lo mismo con los filósofos, y los condenó a todos a muerte o los hizo deportar (…) No sabiendo más a quién perseguir, obligó al suicidio a la propia nonna Antonia solo porque un día, mirándola, encontró que su cabeza era bella, pero estaba mal de los hombros. Al fin, se la agarró también con el dios Júpiter, diciendo que era un globo inflado que usurpaba el puesto de rey de los dioses, hizo cortar la cabeza a todas las estatuas y las remplazó con la propia.”

Finalmente, Calígula fue apuñalado por un pretoriano al que había agarrado, digamos, de punto. “Roma apenas podía creerlo -concluye el autor de Storia di Roma-. Temía que se tratase de un truco de Calígula para ver quién se regodeaba con su muerte y vengarse en consecuencia. Para demostrar que era cierto, los pretorianos atacaron también a Cesonia y a la hijita, a la que le destrozaron la cabeza contra un muro.”

“Era una conclusión -dice Montanelli- acorde a los personajes y al oscuro clima de terror y demencia en que se vivía. (…) Tal vez en la sangre de los Claudios había un mal hereditario, que atacaba al cerebro, dirá el historiador y periodista del Corriere della Sera, en el capítulo sobre Nerón, sobrino de Calígula, acerca de la dinastía que provenía desde Julio César.

Fascinados con el personaje -hay unos cuantos filmes y hasta una obra de teatro del autor francés Albert Camus acerca de su reinado- y de la demencia relacionada con el poder absoluto, creamos nuestra propia versión que sería llevada a escena en el Dadaísmo Criollo  (Teatro Ideal, segunda función, noviembre 1985). El águila imperial dominaba la lúgubre escena de un ruinoso teatro abandonado, repleto de gente y en semipenumbras; había un esclavo en una jaula suspendida del techo y varios instrumentos de tortura, destacándose un patíbulo donde sería ajusticiado un condenado, con gran asombro del público, todo con una iluminación estratégicamente diseñada; el César (Fernando, que había sufrido una caída en la anterior obra, catch en un ring en el centro del teatro) fue trasladado hasta la escena en un carrito, vestido con una toga, tocado con la corona de laureles y gafas oscuras para disimular el vendaje sobre cinco puntos de sutura en el arco superciliar derecho, entre el bramido de la multitud, se leerían al cabo los nuevos decretos del nuevo Imperio, descabellados, absurdos, disparatados…

Finalmente, todo acabó en un caos estrepitoso, aquella noche de la primavera del 85, previo a unas elecciones legislativas, la noche en que volvió a reinar, por unos instantes, Calígula, el emperador demente.

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Laboratorio de Analisis Clínicos

Mario Maestu