Por Leandro Tuntisi

El tambor de hojalata

 

Estaba viendo el documental Berlín 1945 y acababa de leer el libro Berlín, auge y caída de una ciudad en el centro del mundo, cuando recordé súbitamente aquella película.

El “realismo mágico” que con bombos y platillos se anunció desde Latinoamérica tras la aparición de Cien años de soledad y el posterior boom de la literatura latinoamericana, ya había aparecido silenciosamente en Alemania con la novela del premio Nobel Günter Grass –“Oscuros alemanes nihilistas” había dicho el poeta afroamericano LeRoi Jones en El conferenciante muerto– o tal vez en El sistema del Infierno de Dante.

Lo cierto es que la película, basada en el libro de Grass, apareció el año 1979. Se estrenó más o menos por esa fecha en la Argentina, si mal no recuerdo, y fui a verla con mi madre al CCM.

No era otra película de nazis. Tal vez sí, pero en otra clave. Era un filme ultrabizarro que no aparece en la antología del cine bizarro del recientemente fallecido crítico Diego Curubeto.

Oskar, así se llamaba el pibe que cuando entrevió el cinismo y la locura del mundo de los adultos, decidía no crecer más, se rebelaba profundamente.

Le habían regalado un tambor, con el que volvía loco a medio mundo, hasta a los mismísimos nazis y sus paradas prolijamente programadas, y pegaba unos alaridos ensordecedores que hacían estallar los cristales cuando algo le disgustaba. Era un enfant terrible, como los de Cocteau.

Para algunos era desagradable todo el asunto, para otros era genial. Tanto, que cosechó varios premios, entre ellos el Óscar a la mejor película extranjera y la Palma de Oro en Cannes.

Recordé de pronto aquella película que no nos había dejado indiferentes cuando salimos del cine y la cara tremendamente expresiva de aquel niño.

En él -en el niño de mirada furibunda- había dicho el director, Volker Schlondorff, se encuentran dos cualidades típicamente contemporáneas: el rechazo y la protesta.

 

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